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Sentirse en casa: ¿qué significa realmente sentirnos en un hogar?

En la vida vamos caminamos y dejamos lugares atrás pero algunos continúan viviendo en nosotros mucho después de haber avanzado…de eso se trata a veces.
Muchas veces pensamos que casa y hogar son prácticamente lo mismo; que la casa es el lugar donde vivíamos mientras que el hogar, simplemente otra manera de nombrarlo. Con los años descubrí que una cosa es tener una casa y otra muy distinta es sentirse en casa…sentir hogar.
Una casa puede ofrecer cierta seguridad y darnos la certeza de permanecer físicamente casi igual y, aun así, no sentirse como hogar.
Posiblemente a muchos nos ha ocurrido que, después de irnos de la casa donde crecimos; al volver reconocemos la puerta, la ventana, los muebles, incluso ciertos olores. Todo está ahí…y al mismo tiempo no está; porque todo cambió.
Y, a pesar de ser un lugar profundamente conocido; ahora está presente la sensación de ser visitante.
Esa sensación de volver a una raíz que extrañábamos pero cuando estamos ahí casi de inmediato nos preguntamos: ¿qué era exactamente lo que extrañaba? ¿extrañaba la casa? ¿o la experiencia que alguna vez tuve dentro de ella?.

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Sentirse en casa tiene que ver con pertenecer.

Una de las palabras más importantes cuando hablamos de hogar es pertenencia.
Pertenecer es mucho más que formar parte de un grupo. Podemos aparecer en todas las fotografías familiares, compartir la misma sangre y haber crecido bajo el mismo techo, y aun así sentir que nunca tuvimos realmente un lugar.
Sentirse en casa tiene que ver con sentir que nuestra existencia cuenta; que nuestras emociones pueden ocupar un lugar en la mesa; que nuestras necesidades pueden ser escuchadas; que podemos expresar una diferencia sin sentir que estamos poniendo en riesgo el cariño; que no necesitamos desaparecer, callar o convertirnos en otra persona para conservar nuestro lugar.
Cuando eso ocurre, aprendemos que allí sí podemos ser nosotros mismos.
Esa es la parte esencial de lo que llamamos hogar.

Warm and inviting log cabin interior featuring a cozy armchair draped with blankets and clothes in a rustic setting.

La memoria guarda imágenes.

Cuando recordamos nuestra infancia en realidad no pensamos necesariamente en “familia”, “seguridad” o “pertenencia”. Si te fijas, lo que aparecen son imágenes.
Una puerta.
La mesa de la cocina.
Una ventana.
Una cobija.
La voz de alguien.
El ruido de un ventilador.
El olor de cierto jabón.
Una canción.
Un árbol.
Una taza.
Aparecen pequeñas escenas que, cuando las vivimos siendo niños, eran cotidianas; pero al pasar los años, se convirtieron en algunos de nuestros recuerdos más importantes. Y ya siendo adultos, cualquier pequeña memoria puede abrir de pronto una puerta enorme hacia el pasado porque estamos recordando recordando todo lo que alguna vez estuvo alrededor de él.
También descubrimos que lo que extrañábamos de un lugar era aquella tarde, aquella conversación, aquella sensación de estar protegidos, de sentirnos queridos.

¿Qué necesitamos para sentirnos en casa?

Para algunas personas es seguridad.
Para otras, libertad.
Para otras, pertenencia.
O un refugio.
Poder equivocarnos. Poder decir que algo nos duele. Poder guardar silencio. Poder ser diferentes sin sentir que por eso vamos a perder nuestro lugar.
Un hogar puede estar lleno de personas y seguir siendo un lugar solitario o también puede ser aquella sensación de hogar en una amistad, en una pareja, en una comunidad, en un maestro, en una vocación o en cualquier lugar donde sentimos que podemos ser nosotros mismos.

A person wearing a blue sweater holds a glowing miniature ceramic house, symbolizing warmth and comfort.

¿Y la luna?

¿Qué tiene que ver el simbolismo astrológico en todo esto?
Hemos estado describiendo algunas de las experiencias que desde hace miles de años distintas tradiciones asociaron con la Luna: la noche, el descanso, el cobijo, la protección, la gestación, el regreso y ese primer lugar donde aprendemos lo que significa sentirnos seguros.
La Luna suele relacionarse con la madre, la infancia o las necesidades emocionales. Son aproximaciones útiles, pero la Luna también puede ayudarnos a pensar en algo más profundo: el primer paisaje emocional desde el cual comenzamos a mirar el mundo.
¿Aquí estoy a salvo?
¿Aquí les importo?
¿Aquí puedo pedir ayuda?
¿Aquí puedo llorar?
¿Aquí sigo siendo querido?
¿Aquí sigo pertenenciendo?
Cada persona aprende esas respuestas de una manera diferente. Por eso cada Luna cuenta una historia distinta.

Crecer para volvernos adultos seguros y contenidos, no consiste únicamente en encontrar el lugar al que queremos regresar.
Implica descubrir qué experiencia estábamos buscando realmente: un lugar donde descansar; un vínculo donde podamos ser nosotros mismos; una comunidad donde nuestra presencia importe o una relación donde nuestras emociones sean recibidas y escuchadas.
O incluso la posibilidad de construir dentro de nosotros algo que durante mucho tiempo esperamos encontrar solamente afuera.

A young boy reads intently by the window, illuminated by warm, cozy lights at night.

Desde la Cartografía Psico-Simbólica, los símbolos no están para decirnos quiénes somos ni para dictarnos una historia o imponer un destino como si fuese un oráculo inamovible. Más bien son puntos guía que nos ayudan a mirar aquello que ya forma parte de nuestra experiencia, pero que a través de ellos podemos hacerlo desde otro lugar.
A veces basta una pregunta para comenzar a dibujar un mapa así que hoy quisiera dejarte una:
Cuando piensas en la palabra hogar, ¿cuál es la primera imagen que aparece?
No la analices demasiado.
Por esta vez…permítete escuchar.

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